10 MITOS DE LA DOMOTERAPIA

ANEXO II del Libro Domoterapia de Luz-sanar casas enfermas
REFLEXIONES SOBRE 10 MITOS EXISTENTES EN DOMOTERAPIA


Cuando la Dirección del Foro de Médicos, Terapeutas y Sanadores, en su 2ª sesión en Barcelona (Junio 2014) me propuso realizar una aportación explicando mis experiencias decidí, como mejor modo de hacerlo, exponer el contenido de este Anexo, escrito en Abril-Mayo del 2014.
Soy un sanador de casas. Solicitan mis servicios cuando en una vivienda no se duerme bien, o cuando los niños padecen miedos, cuando hay pérdidas anormales de energía, sensaciones depresivas o de agobio al entrar en casa, reiteradas enfermedades itinerantes o recurrentes, percepciones extrañas, etcétera. A pesar de mi carácter —soy muy técnico—, mis herramientas son simples: uso el péndulo y la relación con el Cielo, eso es todo. Soy, como ven, un radiestesista artesano especializado en eso que llamamos domoterapia. Quizá explicar mis puntos de vista pueda aportar alguna utilidad a quienes me lean.

Uso un sistema propio, por vía espiritual, para la sanación de viviendas; no soy, por tanto, un especialista en geobología. Sin embargo, soy consciente de nuestra deuda con el colectivo de geobiólogos. Les debemos mucho, mucho: han concienciado a la población acerca de los peligros patógenos del telurismo y han asumido —a menudo sin remuneración— intensas campañas sobre la capacidad contaminante de la telefonía móvil. En diversas publicaciones y numerosos artículos y entrevistas han alertado a través de los medios acerca de los peligros de la densificación electromagnética del ambiente; y llevan a cabo contínuos estudios acerca de la nocividad de algunos de los materiales que llamamos modernos. Gracias a ellos entendemos mejor lo que se entiende por una casa sana. Y también han contribuído con su esfuerzo a que exista hoy en muchos países la rama medioambiental del derecho. Tengo la esperanza de que las observaciones que siguen puedan contribuir también a la construcción de ese gran edificio de conocimiento que abarca, a la vez, los ámbitos minúsculos de nuestras viviendas y el gran hábitat común de Madre Tierra.

Bien, veamos algunos mitos comúnmente aceptados. Un mito es, en resumidas cuentas, una creencia compartida acerca de algo, creencia que aceptamos porque nos parece útil a nuestro conocimiento. Y precisamente por ser creencias, dejan de ser mitos comunes cuando algunas certezas probadas se introducen en su propio campo y la utilidad del mito desaparece para ser sustituída por otra opción más útil.

Primer mito: Los fenómenos son “objetivos”. Observen el par de gráficos que siguen. El gráfico superior muestra una simple línea de 5 metros que recorre una porción del comedor de mi casa y un pasillo. A lado y lado de la línea he trazado unas áreas de medio metro, de modo que la superficie total en cada gráfico es de 5 m2. Las áreas coloreadas son las corrientes de agua subterránea que atraviesan esa área, tal como las detecto pensando en mi casa. Pero si yo imagino que en mi casa vive la familia del segundo piso —con la que no tengo relación y que se encuentra en mi misma vertical—, lo que resulta es el gráfico inferior: una situación enteramente distinta.

En mis cursos de radiestesia propongo cada año a mis alumnos —sin advertirles de su objetivo—este ejercicio, y el resultado por parte de todos ellos es invariable: dos detecciones mostrando dos resultados siempre diferentes. En los casos grafiados se puede observar que sólo una de las aguas es común, y casualmente presenta la misma gravedad aunque lo habitual sería que las patogenias fueran también distintas (éstas quedan marcadas en los gráficos del 5 al 1 —de la peor para la salud a la menos mala—). Los fenómenos NO son objetivos. No existe tal cosa. Cierto que si detectamos fenómenos es que están ahí. Pero eso no significa que a todos nos afecten. No me crean, no me interesa que me crean. Simplemente compruébenlo. Desde el punto de vista terapéutico lo objetivo no existe, pues en cada casa hay un proyecto de vida concreto, el proyecto de vida de una familia o de una persona. Y ese proyecto de vida determina nuestra relación con la realidad, pues todos estamos relacionados con todo cuanto nos rodea. He llegado a esta certeza por simple y comprobada investigación, pero me satisface enormemente que algunos físicos cuánticos hayan llegado a la misma conclusión: En 1982 tuvo lugar un acontecimiento notable. En la Universidad de Paris, un equipo de investigación dirigido por el físico Alain Aspect realizó el que podría ser uno de los experimentos más importantes del siglo XX... Aspect y su equipo descubrieron que, bajo ciertas circunstancias, partículas subatómicas como los electrones son capaces de comunicarse instantáneamente entre sí independientemente de la distancia que las separe. No importa si se están separados 10 pies o 10 mil millones de millas. De alguna manera, una partícula parece saber siempre lo que está haciendo la otra. El problema que hay con este hecho es que viola el principio de Einstein tanto tiempo mantenido de que ninguna comunicación puede viajar más rápido que la velocidad de la Luz. Como viajar más deprisa que la velocidad de la Luz equivale a romper la barrera del tiempo, tan intimidante panorama ha originado que algunos físicos intenten salirle al paso con elaboradas maneras de explicar algunos de los hallazgos de Aspect. Pero ha inspirado a otros a ofrecer explicaciones aún más radicales. El físico de la Universidad de Londres David Bohm, por ejemplo, cree que los hallazgos de Aspect implican que la realidad objetiva no existe y que, a pesar de su aparente solidez, el universo es un fantasma de corazón, un holograma gigante espléndidamente detallado...[recorte de un artículo de Brian Steensma: El Universo Holográfico - ¿Existe la Realidad Objetiva? —las negritas son mías]. He escogido el fenómeno de las aguas subterráneas por ser el más recurrente de los que se nombran en las publicaciones, pero ya pueden suponer que con el electromagnetismo o con las afectaciones espirituales pasa exactamente lo mismo.

Segundo mito: Los fenómenos son estables. Observen los gráficos que siguen y sus fechas. Se trata de la cama de mi propio dormitorio, en el que se dieron en 40 días los cambios que pueden verse: algunas aguas subterráneas cambiaron de caudal y dirección y otras desaparecieron para dar lugar a nuevas corrientes. A lo largo de ese año, 2011, pude comprobar, en ese mismo dormitorio, un total de 4 cambios.

Digo más, en una de mis detecciones —un servicio en la Calle Sagrera, en Barcelona—, no reconocí en la calle las corrientes señaladas sobre mapa a distancia el día anterior. El cambio era tan drástico que pensé haber equivocado el número de la vivienda. Pero no; simplemente estaba en obras la estación de La Sagrera, unas manzanas más arriba, con la tuneladora trabajando a toda marcha para abrir el futuro paso del AVE que conectaría con París. Cada vez que una empresa o un ayuntamiento ahonda en el suelo urbano, las aguas pueden cambiar de recorrido y lo hacen aunque no se esté trabajando a su misma profundidad. Y además, tanto da: un pequeño terremoto en algún lugar lejano podrá causar el mismo efecto. Pues las aguas, reinas de la flexibilidad, de la acomodación y del registro de informaciones, se adecuarán a los nuevos equilibrios y no dudarán en cambiar de curso; y lo harán con mucha rapidez. Más aún: las aguas subterráneas no cambian de curso o de caudal sólo debido a ciertas acciones físicas; lo hacen también debido a los propios cambios en las personas (y con eso no me refiero a los distintos niveles de conciencia, como si las aguas subterráneas fueran ejecutoras de alguna clase de karma; sería demasiado sencillo y también erróneo). Es por eso que, a mi juicio, asegurar la posición de una cama como buena y segura, es una afirmación muy ingenua. Este es un mundo dual, en constante movimiento y cambio. Un mundo afectado por eso que los budistas llaman el principio de impermanencia. Lo cual no significa que las cosas no tengan remedio.

Tercer mito: los fenómenos telúricos nos afectan en su propia vertical. Pues no es así exactamente. Vean este otro par de gráficos. En el primero muestro lo que podemos llamar alcances. En el segundo, las diferencias de esos mismos alcances para cuatro alumnos distintos pero afectados por una misma corriente de agua. Cierto que los fenómenos telúricos patógenos actúan en su misma vertical (A-B), pero también hacia sus laterales, de modo que su patogenia va disminuyendo hasta llegar al 0% (C-D). Esa línea del 0% marca el límite del

alcance, que es diferente para cada persona. Durante años he fatigado a mis alumnos, convencido de que debían detectar lo mismo que yo, y estaba en un error (sin embargo, me siguen respetando; son muy buena gente). Algunas personas notan la patogenia del agua siete metros antes que yo, porque esa agua les afecta más. Esta es la razón por la que a veces, detectando sobre mapa, mi péndulo insiste en marcar fenómenos que no se hallan bajo la vertical de la vivienda (a veces a veinte o treinta metros de distancia, téngase en cuenta que los 4 alcances del ejemplo anterior se refieren a un agua de muy poco caudal). Repito lo dicho antes: esto no ocurre solamente con los fenómenos telúricos sino con todo tipo de fenómenos. Los ejemplos de sensibilidad electromagnética o sónica son muy claros al respecto.

Cuarto mito: Todo ocurre en la tercera dimensión. Pues no, para nada. Los fenómenos telúricos físicos ocurren, en efecto, en la tercera dimensión; pero no sus alcances, que ocurren en la quinta. No es sólo nuestro cuerpo físico quien registra su acción patógena, es nuestro conjunto de cuerpos aurales quien permite principalmente esa percepción. Y lo mismo ocurre con los alcances electromagnéticos. Y con las imágenes proyectadas por todo tipo de fenómenos (dedico un capítulo entero a este tema en mi libro; llevo años estudiando al detalle estas patogenias que, proyectadas desde la tercera dimensión, no se hallan, sin embargo, en la misma). Y eso, sin hablar de lo que ocurre con las distintas parasitaciones que nos pueden afectar desde la cuarta o desde otras dimensiones.

Quinto mito: los aparatos y las escalas nos permiten una detección más fiable. Bueno, los argumentos en contra de esa afirmación se relacionan con todo lo anteriormente expuesto. Lo cual no significa que los aparatos sean inaceptables, al contrario: debemos nuestra civilización, en buena parte, a los sistemas de unidades que a nivel mundial han permitido la comunicación científica, técnica e industrial; y que ahora permiten realizar denuncias cuando las medidas sobrepasan los estándares legalmente admitidos. Todo cuanto se haya construído con ellas aumenta el caudal del conocimiento humano. Pero esas medidas están siempre sustentadas en dos bases: Por una parte, en la existencia improbale de un ciudadano estadísticamente estandar; por otra, en la tríada científica (espacio, tiempo y materia-energía). Y la Vida no es sólo eso, ni a nivel planetario ni a nivel personal… Por cierto, permítanme una observación acerca de eso que todos llamamos sensibilidad, una palabra convertida en comodín para tantas cosas que ha perdido su sentido profundo. Intentemos definir esa sensibilidad de otra manera: Todos mantenemos relaciones específicamente personales con todo cuanto nos rodea, eso que cuando es muy cercano llamamos vivienda, cuando es más amplio llamamos entorno urbano o campestre; y cuando lejano, llamamos cosmos. Personalmente nunca uso aparatos, ni tampoco la escala de Bovis-Simoneton o cualquier otra, pues siempre me dan la misma medida objetiva, y lo objetivo, como expliqué, no existe.

Sexto mito: Los fenómenos espirituales pertenecen al campo de la parapsicología. Pues miren, lo que puedo decir desde mi experiencia es que los casos más complejos, los más difíciles y los más urgentes que he debido tratar eran debidos precisamente a fenómenos de este tipo. Detecto con gran frecuencia almas sombrías, desencarnadas, que residen o itineran en las viviendas en estudio, así como personas que son parasitadas, sin saberlo, por entidades del mismo tipo. Y también hallo guardianes de Sombra que cumplen su misión vigilante en la Sombra, llamados por maldades ocurridas en el pasado. Nunca veo a estas almas o a estos guardianes —cosa que agradezco— pero detecto estas presencias muy a menudo en casas enfermas, como detecto, a veces en extensos territorios, antiguas maldiciones de brujos desaparecidos hace miles de años o marcas de odio que persisten a través de los siglos. Pues todo —absolutamente todo— queda, lo bueno y lo malo. Cada año llevo a los alumnos a lugares que fueron objeto de asesinatos, a veces de fusilamientos, lugares en los que se cierra la respiración y cuya memoria queda vigilada por ángeles de la Sombra , pues ese es su lugar. Sí, las entidades espirituales existen y algunas de ellas son patógenas y muy frecuentes. Y si son patógenas, su presencia debe ser detectada, diagnosticada y sanada. Puede hacerse. El mal dormir o las contínuas pérdidas de energía o los miedos infantiles recurrentes producidas por la presencia de estas entidades no se remediarán aunque se realice un buen trabajo acerca del telurismo o del electromagnetismo o se sitúen con precisión los cruces de redes planetarias. Y déjenme añadir que la separación radiestesia-espíritu tiene historia. Muchos domoterapeutas somos herederos actuales de los radiestesistas de principios del XX y padecemos sus mismas manías: 1) Acogernos a las bendiciones de la Ciencia para ser aceptados por la sociedad y, en especial, por la sociedad culta. 2) No tratar jamás de los aspectos espirituales, cosa de curas, no sea que la Ciencia nos aparte de su lado. Y el asunto tiene su explicación. ¿Saben cuantos libros publicados por sacerdotes condenaban la práctica de la radiestesia como obra del demonio? Vean algunos. 1518, Martín Lutero: Decem praecepta. 1659, Gaspar Schott: Magia universalis. 1704, Teophil Albinus: El ídolo desenmascarado de la vara adivinatoria. Sólo son algunos, a los cuales se añade en 1864 otro libro de M.E. Chevreul, el gran investigador francés: De la varilla adivinatoria, del péndulo llamado explorador y de las mesas giratorias. ¿Y a quien va dedicado el libro? A la memoria de otro sacerdote, el Padre Pierre Lebrun, que ya anteriormente había condenado lo mismo. Es por eso que a finales del XIX y principios del XX otro sacerdote y profesor, el padre Alexis Bouly —el mismo que señalaba aguas subterráneas mediante péndulo o varilla—, se ve en la necesidad de sustituir el sospechoso uso de palabras como rabdomancia o zahorí. Primero en el XIX y después a su final y a principios del XX habían aparecido la teorías electromagnéticas de Maxwell, se había descubierto el mineral radio y primero Tesla y luego Marconi inventan el aparato de radio. Fíjense, todo eran radiaciones invisibles, y ahí ve Bouly la oportunidad de cubrirse de posibles acusaciones de brujería por parte del Vaticano: inventa con otro sacerdote compañero— Louis Bayard— una palabra mágica: radiestesia, una mezcla de raíces latinas y griegas que viene a significar sensibilidad a las radiaciones, intentando aproximarse a la Ciencia, la gran ostentadora de verdades tal como se consolidó en el siglo XIX. Y es así que en 1929 se creó la Sociedad de amigos de la radiestesia, la cual recibió finalmente la bendición apostólica del Papa Pio XI en 1935. Fue inmediatamente después que aparecieron dos publicaciones esenciales, la del Padre Alexis Mermet, llamado con razón Príncipe de los radiestesistas, y la del monje franciscano Jean Louis Bourdoux. Pero dense cuenta de que ningún sacerdote puede admitir jamás los fenómenos espirituales como parte fundamental en las investigaciones radiestésicas. Ese es otro de los mitos que arrastramos: la antítesis errónea, pero vigente, entre ciencia y espíritu. La misma que ahora sigue latiendo en el trasfondo de muchas publicaciones y cuya etapa ya ha quedado atrás.

Séptimo mito: Las redes planetarias pueden ser gravemente patógenas. Hombre, a veces, pero no siempre y nunca de manera central. Es cierto que algunas redes pueden ser contaminadas por radioactividad, por electromagnetismo o por Sombra, y ese aspecto hay que cuidarlo. Pero cuando comparo lo que he leído acerca de las redes planetarias con lo que he investigado y comprobado, nada cuadra. Oigan, las redes planetarias son de Madre Tierra. ¿De verdad creen que esas redes, que son parte de un Ser —Madre Tierra— cuyo propósito de vida somos todos los seres vivientes del planeta y especialmente nosotros, pueden hacernos daño ellas mismas? He visto conejeras muy habitadas justo en un punto estrella —coincidencia de un nudo de la red de Curry con otro de la red de Hartmann—, y aunque dicho punto estrella es supuestamente fatal, cancerígeno y mortal de necesidad a la larga, los conejos estaban estupendamente y no creo que sean idiotas. Yo no sé quien inventó esas leyendas truculentas acerca de la fatalidad de los cruces de Hartmann o Curry con corrientes de agua, pero mi experiencia no concuerda con ellas. Lo único patógeno son las propias corrientes, las fallas o cualquiera de los múltiples fenómenos telúricos existentes bajo los cruces. Se supone que algunos de los que me leen son experimentados radiestesistas. Bien, les propongo una investigación a su alcance: localicen un punto estrella, comprueben todo tipo de fenómenos telúricos existentes en ese mismo subsuelo —sin olvidar las aguas superpuestas, que también hay muchas y pueden pasar desapercibidas— y luego resten esos fenómenos y comprueben la patogenia. Verán que el resultado es siempre 0% excepto cuando hay contaminación de las propias redes. Puede ser difícil en lugares urbanos realizar esta experiencia, pero háganla entonces en plena naturaleza, en terrenos abiertos. No me crean, por favor, simplemente háganla.

Octavo mito: La detección in situ de una vivienda mostrará las zonas malas y buenas de la misma. De acuerdo con mi experiencia, difícilmente ocurrirá eso. Observen estas cuatro imágenes adjuntas, escogidas por su simplicidad, ya que muestran fenómenos telúricos elementales.

En todas ellas, y en lugares tan distintos como Cabrils, Barcelona, Viladecans o Llorenç del Penedès, se muestra bien claramente cómo grandes corrientes pueden abarcar, ya no viviendas, sino edificios enteros; y cómo algunos fenómenos que no se hallan bajo su vertical pueden también afectarlos, a veces seriamente, mediante sus alcances. Y eso es, por cierto, lo más frecuente. Por eso creo conveniente realizar previas detecciones a distancia por mapa —y luego comprobarlas in situ por el exterior—, antes de proceder a la investigación interna de la vivienda.

Noveno mito: el telurismo no es neutralizable. Según esa afirmación, hay que cambiarse de casa o, cuando eso no es posible, colocar al menos la cama en el lugar menos patógeno de la vivienda. Miren, si nos preocupamos obsesivamente por lo patógeno acabamos acogotando al público cuando le decimos que tiene que cambiar de casa si quiere seguir viviendo. Yo mismo he cometido el error, durante demasiados años, de fijarme en la enfermedad en lugar de fijarme en la salud hasta, finalmente, llegar a la conclusión de que en este planeta dual, de Luz y Sombra, es preferible centrar nuestro trabajo en la Luz aunque luego haya que investigar la Sombra para explicar lo patógeno. En cualquier caso, oigan, ¿creen de verdad que la Vida es tan inmisericorde como el capitalismo salvaje? ¿Creen que la Vida sólo será útil a las personas ricas que puedan cambiarse de casa cada vez que su vivienda sea afectada por fenómenos patógenos, cosa que ocurrirá con frecuencia porque te puedes encontrar de pronto bien cercana una antena de telefonía, un smart meter dañino, una corriente de agua subterránea o cualquier otra cosa de las que hacen daño? No, yo no lo creo. Creo que nada hay en este mundo que no tenga un remedio adecuado a nuestro propósito de vida. Cuando el equilibrio ambiental que requiere nuestro propósito de vida se altera a causa de fenómenos patógenos de tipo telúrico, electromagnético, espiritual o de cuaquier otra clase, nuestro deber es detectarlos, diagnosticarlos y sanarlos. Puede hacerse. Lo cual nos lleva al último de los diez mitos:

Décimo mito: La sanación espiritual no tiene nada que ver con la domoterapia. Mi experiencia personal demuestra justamente lo contrario. Creo que la via espiritual es la manera más fiable y segura para conseguir la neutralización de las distintas patogenias y el necesario equilibrio ambiental. Nacido católico, no soy santero ni de ninguna ciencia cristiana, no practico religión alguna, ni siquiera soy budista. Pero sé que la Vida es, ante todo, una compleja y fascinante manifestación espiritual. Sé que no podemos seguir basándonos en la tríada espacio, tiempo y materia/energía sino en la tétrada que añade a esos tres un cuarto pilar: la conciencia. Durante años trabajé por vía material, usando piedras escogidas —otras veces cuarzos— que colocaba en ciertos puntos de las redes de Madre Tierra, pero me dí cuenta de que el sistema tenía, como los yogures, fecha de caducidad. Entonces Josep Carol, quien me enseñó a neutralizar, llegó un día diciendo que la neutralización por vía espiritual era posible. Lo comprobé, ví que era cierto y se abrió entonces en mi trayectoria una etapa absolutamente nueva y relacionada con dos aspectos personales: Uno, la capacidad de canalización; dos, la relación de mi propio estado de conciencia con mi trabajo, con mi vida, con el cosmos. Si conocen el reiki, sabrán que todo maestro de reiki trabaja sin hacer nada. Sólo deja pasar la Energía Universal procurando, para que la sanación sea correcta, que ese canal que es él mismo, esté limpio. Yo hago lo mismo, pero con casas en lugar de personas. Suele olvidarse que el Doctor Mikao Usui, el gran inventor del reiki, fue un budista practicante, un riguroso adepto a la disciplina zen y un intenso investigador en el campo de las sanaciones practicadas por Jesús y por Buda, y que el objetivo último del reiki fue —y es— lograr Anshin Ritsumei (estado de paz interior absoluto) usando lo que él llamó la Energía Universal. Por eso, no se extrañen si yo creo que toda sanación es posible, independientemente de que ocurra en una persona o en una casa. A ese mecanismo que él llamó Energía Universal yo lo llamo Cielo porque me parece más familiar y más cercano. Mis instrumentos, pues, son esos: un péndulo y esa relación con el Cielo. Y no es que yo sea un milagrero ni haga ceremonias, nada de eso. La cosa es muy simple: todo proyecto de vida saludable tiene derecho a un ambiente saludable, ese es mi principio de trabajo. En casa se debe estar bien, se debe trabajar bien y se debe descansar bien, y lo contrario es señal de patogenia que, cuando proviene de la propia casa, debe ser detectada, diagnosticada y sanada. Puede hacerse. Por vía espiritual pueden sanarse todo tipo de afectaciones aunque la mayor parte de las publicaciones en mi biblioteca insistan en cambiar camas de sitio. Pero más allá de eso, también sé ahora con certeza que el mejor sanador de una casa es quien vive en ella; eso es cierto, aunque la mayor parte de las personas no lo sepan. Este es el otro mito, el mito de la sanación, segunda parte; pero ya no tengo espacio para explicarlo en estas páginas.

Cuando avanzas de verdad te das cuenta de que las cosas son, en realidad, muy simples. Pues estamos ya en el período del nuevo paradigma; de la tétrada: espacio, tiempo, materia/energía… y conciencia. Y ese período, ese tiempo futuro en el que ya hemos entrado, se jugará a través de las conciencias en el campo de esas dimensiones que los físicos cuánticos conocen sin saber usarlas aún, un territorio en el que les llevamos ventaja.